Historias, Leyendas y Cuentos de México

Leyenda de Atlihuetzia, Tlaxcala



Atlihuetzía o “lugar donde cae el agua" (en Náhuatl)


Cuenta la antigua leyenda tlaxcalteca que Matlacueyatl (falda azul), vivía en lo alto de la montaña, tenía una hija llamada Atlihuetzia, bella joven que siempre le gustaba bajar a las barrancas y bañarse en las hermosas cascadas que bajan de lo alto de las montañas.
Sin embargo, preocupada por el bienestar de su bella hija, la madre le decía que no fuese a la cascada, pues en ese sitio ella había observado a los Chanes (personajes de la historia antigua conocidos como duendes) deslizándose por el agua desde lo alto, traviesos y chiquitos que parecían niños retozones, pero también eran crueles y les gustaba aprisionar a los seres que los sorprenden.
Por eso le recomendó a su hija que no acudiera más a ese lugar, pero a la joven le gustaba trenzar su cabello con flores de la orilla de la cascada, además de que le encantaba contemplar la majestuosa belleza de las aguas que bajaban con mucha fuerza desde lo alto.
Aunque la madre insistía en que los chanes eran capaces de llevarse a las personas hasta sus dominios, de los que nadie podrá liberarlos.
La niña preguntaba –Y dime madre,- ¿Son feos? Y ella contestaba – “Nada de eso, hija mía, ni feos ni tristes. Son juguetones, muy juguetones, y cuando se cansan de sus algazaras y de sus risas, se sumergen en el agua. Hija, no vuelvas a la cascada” le advirtió.
Cómo podía prometer tal cosa, si a ella el embrujo del agua le proporcionaba grato placer. Por eso al otro día, cuando el sol extendiera un arcoíris a mitad de la cascada, la hija de Matlacueyatl escuchó voces y risas.
La joven trató de descubrir a los seres que alegremente reían, sin encontrarlos, por lo que alarmada iba alejarse de la cascada, cuando frente a ella surgió un hombrecito pequeño que la miraba fijamente.
Y le dijo:
¡Hola chula!
-¿No te gustaría conocer mi reino?
Atlihuetzia asombrada le contempló. Era un pícaro hombrecito que le sonreía. Y cuando viera que la joven asustada huía, río a carcajadas.
Otro día que la hija de Matlalcueyatl cortaba flores, oyó que desde lo alto de un picacho le decían: ¡Adiós mi vida! Atlihuetzia al reconocer aquella voz tan alegre, dejó las flores y volvió apresuradamente al lado de su madre, a quien le confió que el espíritu de las aguas la perseguía.
Matlalcueyatl le aconsejó: No te importe que te diga frases bonitas, lo que debes hacer es evitar el que te convenza que visites su casa debajo del agua.
No te preocupes madre, eso no sucederá –le dijo-, pero una tarde calurosa, Atlihuetzia buscó la sombra de un árbol para con toda la tranquilidad peinar su hermoso cabello negro.
Con verdadero placer peinaba sus trenzas cuando cerca de ella escuchó la voz del hombrecillo del agua. ¿Te peino hermosa? La joven volvió el rostro sorprendida y descubrió que sobre una añosa raíz, estaba acostado el chan quien le sonreía.
Atlihuetzia sin dejarse de peinar, también sonrió. ¡Vaya, vaya!, ya empezamos a ser amigos. Desde cuando deberíamos de haberlo sido.
Es que me dabas miedo, miedo ¿por qué?, -Porque vives en el agua y yo en la montaña,
-¿Y eso qué?,
-no somos iguales.
-Sólo en tamaño chula, sólo en tamaño.
-Puede que tengas razón.
-¿Mañana irás a bañarte al pie de la cascada?
-Siempre que tú no estés allí,
-Te prometo esconderme.
-¿En verdad lo prometes?
-¡Prometido!
Desde ese día, no pocas veces Atlihuetzia iba al pie de la cascada para presenciar los juegos de los chanes. Y cómo se divertía cuando les miraba deslizarse desde lo alto de la cascada y caer en lo profundo, riendo a carcajadas.
Otras veces Atlihuetia confiaba en que su amigo el chan andaba lejos, se atrevía a bañarse al pie de la cascada y un día que así lo hizo, al salir del agua buscando su ropa, oyó la voz tan conocida que le decía,
- la ropa está detrás de los árboles, se estaba mojando.
-¿Por qué me la escondiste?, ahora tráemela, esas son travesuras tuyas.
-Ven por ella, tengo los parpados cerrados.
Atlihuetzia confiaba en la seriedad del genio del agua, fue hasta donde estaba su ropa, y después de vestirse le dijo adiós al chan, regresando al lado de su madre.
Matlalcueyatl que siempre se alarmaba por las largas ausencias de su hija, volvió a insistir en que no fuera a bañarse al pie de la cascada porque los chanes podían robarla.

Pero la joven subyugada por lo hermoso y tranquilo del lugar, siguió bañándose en sus aguas.

Un día Matalacueyatl se alarmó por la ausencia de su hija, ya estaba anocheciendo y la joven no regresaba, por lo que la madre se dio a buscarla por toda la montaña sin encontrarla.
Dos días de angustia vivió la señora de la falda azul y fue hasta el tercero en que sólo encontró, oculta entre la maleza que bordeaba la orilla de la cascada, la ropa de Atlihuetzia.
Matlalcueyatl lo comprendió todo, su hija jamás volvería a su lado, porque había quedado prisionera para siempre de los chanes de la cascada.
Y desde aquel entonces la cascada luce su majestuosa belleza, no faltando quien asegure haber sorprendido en horas de paz y noches de luna, por los juegos infantiles de la bella hija de Matlalcueyatl con los chanes.
Por eso lleva el nombre de Atlihuetzia la cascada de la montaña Matlalcueyatl.